Carla no murió, a Carla la mataron: el grito que no podemos ignorar

Departamentales23 de marzo de 2025 Por Gabriela Sosa
El sábado por la noche, en un comercio de Rivadavia, Carla Janet Del Souc, una docente de 27 años, fue asesinada por su expareja, quien luego se quitó la vida.

El sábado por la noche, en un pequeño comercio de Rivadavia, la violencia machista apagó otra vida. Carla Janet Del Souc, una joven docente de 27 años, fue asesinada por su expareja. Un solo instante bastó para arrebatarle su futuro, sus sueños, su voz. Y como tantas veces, la historia terminó con el agresor quitándose la vida. Un final que no es justicia. Un final que no devuelve nada.

Pero este no es solo un caso más. Es el reflejo de una realidad que nos sacude a diario. Carla no murió por azar ni por destino. A Carla la mataron porque seguimos viviendo en una sociedad donde la violencia de género es una sombra que acecha a las mujeres, una amenaza que muchas enfrentan en silencio, con miedo, con desesperanza.

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¿Cuántas veces Carla sintió que algo no estaba bien? ¿Cuántas veces habrá intentado alejarse, protegerse, reconstruirse? ¿Cuántas veces habrá mirado por encima del hombro, con el temor de que su pasado volviera para destruirla? Y lo más desgarrador: ¿cuántas Carla más tendrán que morir antes de que entendamos que no es un problema individual, sino un grito colectivo que no estamos escuchando?

El femicidio no es un arrebato ni una locura momentánea. Es la culminación de una historia de violencia, de control, de manipulación, de miedo. Es el resultado de un sistema que, a pesar de todas las campañas, las marchas y las leyes, sigue sin llegar a tiempo. Porque las mujeres denuncian, piden ayuda, y aún así mueren.

Nos conmocionamos, nos indignamos, pero el dolor se diluye con el tiempo y la rutina nos absorbe. Hasta que otra mujer es asesinada. Hasta que otro nombre se suma a la lista de las que ya no están.

Hoy es Carla. Ayer fue otra. Y si no cambiamos, si no exigimos, si no nos unimos en un grito imparable de justicia, mañana será otra más.

Habrá un velorio. Una familia destrozada. Una habitación que quedará intacta, con sus cosas esperando a alguien que nunca volverá. Un aula que ya no escuchará su voz. Amigos que no entenderán cómo seguir sin ella. Y un dolor insoportable que nunca se irá del todo.

Nos duele Carla. Nos duelen todas. Pero el dolor no alcanza. Si el horror de su muerte no nos despierta, si su miedo no nos grita, si su nombre se olvida, estamos condenados a repetir esta historia una y otra vez.

No nos acostumbremos. No naturalicemos. No olvidemos. Porque el silencio mata tanto como el cuchillo que hoy dejó sin vida a Carla.

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